El pueblo. La normalidad. La realidad.
El miedo corre dentro de mí por un laberinto con una única salida hacia el abismo de sentimientos que tiré antes de comenzar a construir los cimientos de sus recovecos. Para no volver a encontrarlos nunca más. Pero son un imán. Cuya única manera de combatir es disfrazarme del mismo polo positivo. Pero ahí sigue el miedo, negativo.
Y atrae todos esos fantasmas que me persiguen, y yo ruedo como bola de pac-man, aterrorizada porque son muchos y conocen la salida. Y sólo quiero salir de una manera, volando.
Aprendiendo a usar las alas que se me han ido formando con las plumas de los nórdicos y los sofás que me han ido sanando de todas aquellas amarras que me ataban en la vida que aún me quedaba por comenzar a vivir. Necesito comenzar a batirlas y vivir de esos sueños.
Pero a veces me acorralan amenazantes todos los miedos contra una pared y cuando me apoyo en ella me doy cuenta de que era falsa. Que justo ahí estaba ese precipicio, esa salida, esa caída. Y entonces me temo a mí misma más aún porque recuerdo que para la mente el suicidio es siempre una opción.
Y ahí ando, con unas alas vírgenes a las que nadie le ha enseñado a volar intentando tirar los fantasmas que se agarran a mis pies, planeando para no caer hasta que no decida tirarme.
Porque lo bueno, es que al fin he aprendido la diferencia entre caerse y tirarse.