martes, 3 de abril de 2018

Amistad de mierda.


Justo antes de venirme a Madrid, Tere brindó con Almu y conmigo para que me enamorara porque le gusta cómo soy en ese estado. Luego nos reímos porque se le olvidó decir que se enamoraran de vuelta de mi.
Creo que todavía no me he enamorado, pero estoy en el estado ese que a ella le gusta de todos modos. Supongo que es porque a lo mejor he aprendido a querer diferente, no sé.
Sé que no estoy enamorada de ti, todavía no. Ya sé que siempre digo esto, pero no miento, es cierto.
Sólo sé que me gusta revolcarme en tus defectos y eso no sé a dónde va a dejarme llevar.
Supongo que es enfermizo que reconozca tu respiración relajada de entre ocho personas más teniendo los ojos cerrados.
Y que sepa que eres tú el que me está agarrando por detrás y subiéndome en alto en un pogo sin darme la vuelta para asegurarme.
Me da un poco de intriga de por qué todavía no reconozco tu olor…supongo que no nos hemos abrazado lo suficiente. Para que luego digas que es que soy demasiado cariñosa.
Me descojono cuando bailas tan mal, pero lo intentas muy bien.
Aunque cuando piensas que vas a morirte de un ataque de asma porque eres un hipocondríaco de mierda no me descojono.
Qué mal he llevado siempre las enfermedades mentales. No las he llevado de hecho, por mucho que te creas que soy una puta psicópata en potencia.
Por eso me echo pa atrás cuando creo que te puedes rayar demasiado si te digo algo borde o si te digo algo bonito. Porque no quiero que te entre una paranoia ni nada de eso. No sé controlarlo y ya sabes que soy una controladora…aunque a ver quién es más controlador de los dos en ese aspecto. Supongo que igual voy a tener que dejar de intentar controlar hasta que te sientas mal y mandarte a tomar por culo de una vez por todas.
Que pongas de título a lo nuestro en mayúscula en un papel arrancado de una libreta y con tu letra feísima: AMISTAD DE MIERDA.
Pero que luego se nos ocurra un guion que te cagas de guay y pornográfico en el que al final brindemos por poder seguir así sin enamorarnos.
Y aunque siempre se me ha dado muy mal hacer de actriz, no voy a tener que fingir nada. Menos mal que a ti eso de interpretar cosas se te da mejor, así que no te preocupes, tú haz como que quieres que yo intentaré hacer como que no me importa.

lunes, 2 de abril de 2018

Despertar...

Aún no acepto la realidad. Pienso que de un momento a otro despertaré y todo volverá a la normalidad. Que estará María roncando en la cama de al lado, Almu diciendo: "un piti y me acuesto", Giuseppe poniendo música de la suya, Rocío dando voces de ultrarumba, Antonio poniendo su carita de edredón en el sofá y Davide poniéndome (el último de Malviviendo). Son mi familia. Es duro perder a los seis de golpe. Se me hace un nudo en la garganta y me cuesta mantener las lágrimas en su sitio.
He vuelto a caer en esa red de sentimientos manipulables que te hacen ser peor persona y te bajan al lugar más oscuro y al mismo tiempo te hacen mantener una sensación de mareo por cerveza constantemente. Soñar despierta de nuevo, doler físicamente por la somatización. Pasar de ser la persona más feliz y con más esperanza del mundo a la más frustrada de todos. Vivir en un continuo limbo. La sensación más parecida que existe a estar colocada. No lo quería. No lo buscaba. Pero lo he encontrado y me encanta. Tengo estanterías repletas de libros y ninguno cuenta la historia más emocionante, la que más me hurga por dentro. Es esta la libreta encargada para eso.

Tiene magia. Mucha. Es una de las mejores personas que he conocido nunca. Me pierden sus ojos achinados, sus piercings infectados, sus manos mordidas, cada uno de sus lunares. Podría dedicar mi vida a contar los de su espalda, podría perderme en ellos mientras juego a unirlos. Podría acabar aprendiendo a liarle los cigarros y hacer como que no sé con tal de mirarlo mientras pasa la lengua por el papel. Podría ahogarme en cualquier bebida que me diera y asfixiarme con el humo de su porro, o asfixiarme con uno de sus abrazos o asfixiarme sólo por verlo, o asfixiarme porque no lo volveré a ver. Hasta su risa descoordinada es la que mejor suena en mis oídos cuando sé que es por mi.
Podría escribir la historia al revés para que tuviera más sentido. Pero lo bueno es que no lo tiene.
Sabía a él; y a cosquillitas previas; y a caricias; y a toqueteos mezclados con alcohol. Sabía a ir agarrados de la mano; sabía a gritos en italiano. Sabía a italiano. Sabía a amistad. Sabía a gloria, a victoria, sabía mil veces mejor que la Décima. Tenía más miedo que en mis tres exámenes de conducir juntos, más que en las dos Selectividades, más que antes de irme a Italia la primera vez. Temblaba más que el día que más frío hayas podido pasar nunca. Las piernas no me mantenían. Te juro que por un momento creo que olvidé que no soy virgen.
Fue raro, fue simple, fue amistad mezclada con sexo. Creo que fue un examen. Necesitaba sacar un diez. Creo que lo hice. En mi cabeza mi pequeña voz interior me recordaba que disfrutara de cada segundo, que me quedara con cada detalle. No fue el mejor polvo de mi vida, pero fue el más sincero. Estaba más desnuda por dentro que por fuera y me tapé con un montón de mentiras. Fue el mejor beso de mi vida. Es adictivo y tengo mono. No hubiera parado nunca. Me hubiera dado igual perder los labios, la lengua, la boca. Me hubiera hidratado de su saliva para siempre. Pero era mi familia y tenía que seguir así. Tenía que pararse. Odio el verbo tener, todo porque no lo tengo. Te prometo que iba a acabar, te prometo que íbamos a disimular y a olvidarlo. Te prometo que todo se iba a quedar en pasar un buen rato. Te prometo que me vestí para irme a mi habitación. Pero también te prometo que no quería cumplir ninguna promesa. Y no lo hice. No podíamos parar de hablar, habíamos ido a una confianza mucho más allá. Hablamos hasta tan tarde que tenía miedo de que la gente se despertara. También tenía miedo de dormirme y que acabara aquello, pero me dormí. Tampoco sé por qué me fui. Me acojoné. No controlaba mis sentimientos. Lo tenía ahí y tenía miedo de que se me desbordara la cascada.

Fueron dos meses geniales. Fue mejor, fue increíble. No es posible vivir así después de todo con cualquier persona, ya te digo, no puede ser mejor, es perfecto, es exacto. Tanto que me acojonaba. Necesitaba decírselo y dije más veces que iba a hacerlo que las veces que digo que me voy a duchar antes de entrar en el cuarto de baño. Ni los 20 segundo de valentía de cada persona que pisa Florencia unidos para darme fuerza conseguían desenvolverme de esos dos edredones que me atrapaban en la cama para no tener que soltar un simple "me gustas". Lo imaginaba a sus 200 km/h a los que vive su vida, saltándose cada semáforo que se interpone en su camino y me entraba apnea al pensar que cabía aunque sea un pequeño 1% de posibilidades en el que podría agarrarme a su cintura incluso sin casco para vivir hasta chocar con el punto más alto de felicidad y poder morir estando ya en el cielo.
Pero de nuevo me tuve que ahogar en la melalcoholía para ser valiente. Lo tuve que tener enfrente, desinhibido, a solas, acojonado también. Sólo había ruido, la gente era sólo gente, la música no la recuerdo, los celos me comían y la cascada rebosó mis cuerdas vocales. Fue el salto de trampolín más alto de mi vida, el primer salto de trampolín. Iba acompañada de tirabuzones y aunque la piscina estaba vacía, caí de pie. Me abrazó, me entendió, me hizo abrir los ojos. No podía pasar, yo lo sabía, pero no quería creerlo. Cuando lo perdí de vista llené la piscina con mis propias lágrimas. María llegó con su flotador y se quedó en la superficie conmigo. Y luego él se tiró con la piscina bien llena para mantenerme sin flotador y sin nada. Bailamos como en natación sincronizada toda la noche, volábamos por encima de los demás, rozaba mi cintura y necesitaba escapar para no hacerme más daño, pero me acercaba a sus labios y sin siquiera rozarlos me olvidaba hasta del rechazo.
Jugar por las calles de aquella ciudad con unos tacones que doblaban mi tamaño, pero ayudada por sus manos, mi pequeña María y los vascos que invitó a casa era ya un final que, al menos, no me hacía sentir del todo mal.

Seguimos jugando en casa todos. Fue una auténtica locura. Y al final, al igual que niños que han pasado toda la tarde corriendo, nos cansamos. Me senté y usó mi pecho como almohada. Nos reímos mucho porque obviamente iba a estar poco cómodo, pero no quería moverse. Nos tumbamos, acurrucados, encajando como piezas de un puzzle sin grietas. Mis niños nos dejaron todo perfecto, a solas.
Volver a besarlo fue magia. Un hechizo que recorrió todo mi cuerpo y producía felicidad. Lo necesitaba muy cerca y lo tenía allí. La luz del baño era perfecta. Entraba como él, exacta, en aquel sitio frío y de azulejos que fuimos capaces de hacer acogedor. Fue increíble. Y esta vez el diez se lo llevaba él. Verlo embelesado en mi cara de placer hacía que gozara aún más. Ya no estaba nerviosa, ya no tenía miedo. Agotados, tumbados sobre una toalla, acariciando su torso planísimo y hablando casi me quedé dormida. Se metió en aquella ducha sin mampara bajo mi mirada acosadora.
Era uno de los momentos más felices de mi vida y me reía como una verdadera majara. Las gotas con las que comenzó a salpicarme me atrapaban en vez de alejarme. Aquello era un tornado del que no podía escapar. El agua rizó mi pelo, sus manos erizaban mi cuerpo. Prefería ahogarme allí que en cualquier cerveza. Creo que de verdad fui "tan, tan feliz que ya no valía la pena vivir más". Si el agua se hubiera puesto a dar vueltas cual lavadora con centrifugado y todo hubiera seguido besándolo y dejándome llevar sin ningún tipo de deseo ni intención de intentar salvarme. Le prometí que todo iba a seguir igual. Le prometí que no iba a portarme diferente. Le prometí que no iba a volver a pasar y que controlaría mis sentimientos. Pero esta vez no me vestí al volver a mi habitación.
Una semana para que acabara el sueño. Para separarme de mi casa de locos. Voló, parecía que había pasado un día. para no variar plasmé más sentimientos donde todo me resulta más fácil. donde se hacen las cosas realidad a la par que imaginarias. El papel. Con nostalgia. Con melancolía. Con vino y cerveza dándole sabor a nuestras bocas plasmamos un hasta siempre en los cimientos de nuestro hogar.
Con un orgasmatrón de por medio, Davide se encajó entre mis piernas. Al final, como parece que nos gusta, acabamos acurrucados en el sofá. Se despertó. Me despertó. Cumplió mi deseo. Me cogió de la mano y fuimos a la cama. Nos tumbamos, nos abrazamos.
Ahora, recordándolo, es cuando mis manos echan de menso sus manos agarradas a mi, mis dedos echan de menos su piel, hasta cuando está vestida. Entre el sueño y la razón, mis yemas bailaban haciendo círculos por todo su cuerpo. Mirándonos me derretía. Nos miramos. Quería mi último beso. Se lo pedí. Me dio un beso infinito de "hasta luego". Y entre sus brazos, en una cama cualquiera, con la ropa puesta y el sol entrando por mis ventanales y haciéndome sudar, me dormí.
A partir de ahí todo ha consistido en un día tras día de echar de menos a mis niños. De vernos poco, mal y rápido. Quedamos el lunes con Ro, Almu y Antonio. En San Lorenzo. En el barrio. Y estaban todos. No podría numerarlos. Se me olvidarían y me sentiría mal. Él llegó cuando salió del trabajo. Nos vimos. Lo abracé.
La tinta deja de correr y se me paraliza la mano y la mente. Los finales nunca han sido lo mío. No me gusta que las cosas acaben. Pero es más fácil dejar que el puto destino haga jugarretas de las suyas.
Duele muchísimo. Duele ver cómo sabes que está acabando y no poder hacer nada por impedirlo. Yo, que siempre fui de poder hacer todo lo que quise. Duele que te esté hablando, diciéndote algo que tres meses atrás hubiera hecho feliz y que solo escuchar su voz y su acento me hiciera daño. Saber que esa voz voy a tardar en oírla más. No poder dejar de mirar sus labios, su sonrisa, sus dientes imperfectos, sus ojos hinchados, la señal del piercing de su ceja, su nuevo corte de pelo, su cara quemada, su cuello, dios, su cuello, podría escribir páginas enteras sobre eso.
No podía dejarlo ir. Me aferré a él y él dejó que lo hiciera. Me negaba, no podía. Almu lloraba en los escalones de debajo mientras nos miraba. Le dije que no se fuera. Me dijo que perdiera el avión. Me reí. Le besé, rápido, sin nada, sin contacto casi. Me abrazó, me prometió que volveríamos a encontrarnos, me dio un beso en la frente, me soltó y se marchó...



domingo, 28 de enero de 2018

Amor racional.

La conclusión es que vamos a seguir solas, con nosotras mismas por dentro, durante todo el tiempo que queramos, amigas.

El amor.

Cupido pasa volando por esa clase de primaria a la que acaba de llegar un niño nuevo y te lanza una flecha mirando hacia él y, bum, quieres ser su novia.

A veces, pasa planeando por una explanada donde estáis haciendo botellón todos los niños del instituto y tú y, de repente, llega un chaval mayor, repetidor, al que no conocías y, chás, quieres que te pida el ligue.

Otras ya llevas la flecha bien clavada dispuesta a apuntar al primer hombre medio en condiciones que esté trabajando en la nueva oficina en la que te acaban de contratar hoy.

PUES NO.

El amor.

De repente, un día normal estás en tu clase del colegio y te das cuenta de que te gusta tu vecino de toda la vida.

Sin venir a cuento, estás en el botellón con la gente del instituto al lado de tu mejor amigo y te jode la vida cuando lo miras y notas  que en realidad lo que quieres es comerle la boca.

Otra jornada laboral estás en un turno con tu colega, el que le gusta a tu amiga, y sientes una cosa to rara por dentro que no sabes lo que es y, cuando llegas a casa después de doce horas dices: mierda, otra vez.

Otra vez, sí, otra vez puteada sabiendo que estás pensando en una persona que a la que conoces desde hace tiempo, en un ambiente cómodo, de la cual conoces sus gustos, sus pensamientos, sus manías, sus sueños, sus defectos, y JODER ¿por qué me he puesto a recopilar sin querer todas estas cosas sobre ti? Porque, sí, así es como nos enamoramos algunas. Y ahí si que es chungo y tarde para dar marcha atrás.

Lo bueno que tenemos estas personas es que nos acostumbramos a vivir como un ser único y completo que no necesita que nadie le diga cómo es o deja de ser o cómo tiene que ser para gustar a ese otro. Porque ya nos conoce. Y ya lo conocemos y sabemos que eso es lo que queremos en ese momento, ni más, ni menos, y no nos vamos a conformar con compartir una relación de ningún tipo con ningún otro solo por el hecho de que enamorarse sea una transmisión química momentánea que te da como una descarga eléctrica cuando tocas un CABLE nuevo.

¿Cuál es el problema, entonces, queridas amigas para que nunca nos correspondan si somos tan lógicas, prácticas y razonables? No lo sé, si lo supiera igual no me habría parado a pensar esto, pero creo que igual somos demasiado independientes, o, incluso, estamos fatalmente destinadas a enamorarnos de personas que se enamoran de la otra manera. ¿Quién sabe?


La buena noticia es que vamos a seguir solas, y que mucho mejor solas que mal acompañadas.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Calcetines

Todavía sigo perdiendo los calcetines en la cama mientras duermo. 
Lo hago desde niña. Supongo que hay cosas que no cambian. Y luego no soy capaz de encontrarlos nunca más. Se pierden en un agujero negro que hay al fondo junto con otros calcetines que estaban ya hartos de sus parejas y de su trabajo y de los agujeros que les habían salido de no parar de hacer lo que siempre le habían mandado.

Siempre me pasa lo mismo. Pierdo las parejas de los calcetines. 
Le pasa lo mismo a la gente. Las parejas perfectas desaparecen, primero las rompemos, las hacemos trabajar y sufrir hasta que ya no pueden más, y con un agujero en ellas, una noche, mientras duermes, miran hacia ambos lados, se deshacen del abrazo de tu pie y se tiran de la cama hacia abajo con la mirada firme sabiendo que nunca volverán atrás.

Cuando los calcetines atraviesan ese agujero negro, que es en realidad triangular, la locura y el equilibrio se instalan en ellos y saltan a una piscina de calcetines de colores, de todos los tamaños y formas. Todos están allí, todos han llegado antes o después sin que nadie los detuviera. Se han escapado de su destino y se han puesto a hacer pogos cuando escuchan la música rock en tu habitación y saben que no los encuentras. Saben que no tienes ni puta idea de dónde están, así que ellos, ellas, bailan al compás, todos libres y sin pareja, frotándose los unos con los otros, sin ningún tipo de piel que les cubra. 

Qué orgullosa me siento de todos ellos. 
Porque ahí siguen los hijos puta, las hijas puta, perdidos, perdidas, desde hace 25 años. Arrastrando a más calcetines con ellos y haciéndoles ver que si ellos no quieren no tienen por qué hacer el trabajo al que siempre le han obligado. Que, además, los compramos por cuatro duros, y nos han servido mucho más que eso.

Luego hay otros calcetines, estos pobres no tienen remedio. 
Son las parejas más dañadas, las que tienen los agujeros más grandes. Ellos bajan a casa de mi abuela para que los cosa y los arregle con una puntada. 
Te prometo que sí. Es cierto. 
Algunas parejas se pinchan, se cosen, se intentan arreglar con tal de seguir sirviendo al otro calcetín, porque es el consejo que dan los calcetines más mayores, y las abuelas. Como si volvieran a estar como siempre, como si no se hicieran daño cada vez que rozan con el dedo. Bajan, se clavan puntada tras puntada y, luego, con esa cicatriz vuelven a trabajar para lo que se suponen que están hechos. Lo que pasa, que mientras que estás en la cama con ellos, los calcetines desparejados, suben del triángulo, de noche, cuando todo el mundo duerme, y tiran del hilo que les cose el agujero, y los vuelven a descoser, para que se den cuenta de que, en realidad, no tiene por qué pasar por ese roce y dolor continuo que le iba a acompañar toda su vida.

Y al final, los que quedan, se emparejan con otros, de otros colores, otras formas y otros tamaños. Total, tampoco pasa nada porque sean libres de elegir que con quien compartan sus pasos, tengan que ser igual que ellos.

Y así, desde niñas.


viernes, 3 de noviembre de 2017

CENICEROS

Siempre quedan las cenizas, siempre. 

El pueblo en cenizas, la habitación en cenizas, la cama en cenizas, las bragas en cenizas.
Todo saldrá algún día ardiendo. Todo arderá. Por la pasión, por el fuego, por el odio o por la venganza. Pero saldrá ardiendo. Las llamas nos irán quemando desde el pelo hasta las páginas de las libretas en las que cogíamos los apuntes de pequeños. Todo explotará. Las bombonas provocarán una honda expansiva y los corazones reventarán de sangre a todas partes.

Pero aún así, así y todo, siempre quedarán las cenizas. 
Y las supervivientes, las que podemos vivir sin pelo y sin corazón, podremos ponernos los tacones y andar por encima de todas las cenizas que haya en el suelo y todas las que vuelen por el aire. Esas partículas que con un soplo podremos convertir en purpurina. 
Y entonces, una vez todas las cenizas convertidas en purpurina, los tacones puestos y brillantes, y desnudas, sobre todo desnudas y llenas de polvos mágicos, empezaremos a bailar el carnaval. 
El carnaval será la solución al fuego, a las cenizas. Saldremos de la cama corriendo cuando oigamos que sí, que todo renace. 
Que el renacimiento consiste en ponerse una máscara y desnudarse y empezar a reconocernos por lo que somos interiormente.

Y entonces, el tiempo dejará de existir. 
Y vendrán las madres a las hijas, nos quitarán los tacones, porque ya no habrá cenizas, se habrán transformado todas. Y nos pondrán unas zapatillas de deporte mientras nos dicen al oido: 
"Hija, a la mierda los prejuicios. Corre, córrete."

Y entonces nos darán un beso en la frente, con lágrimas atrapadas en los ojos, pero sin soltarlas, porque a ellas les enseñaron que no pueden ser débiles delante de sus hijas, y nos darán un guantazo en el culo para que salgamos corriendo. 
Y todas las mujeres, con las tetas al aire y el coño fresquito, y con unas zapatillas de deporte, llenas de purpurina, saldremos corriendo de un pueblo lleno de cenizas, dejando atrás todo lo que un día nos hizo pequeñas, nos hizo esclavas, nos dejaron encerradas llorando en la cama, y recorreremos el mundo corriendo, nos reiremos de todos vosotros y nos correremos las veces que haga falta por el camino. 

Porque sí, nos han hecho libres al final.

Y así, descubriendo lugares, encontraremos a otras mujeres, que cuando quemaron sus hogares su soplo convirtió las cenizas en plumas, y sus pelos rizados están llenos de plumas, y sus zapatillas en sus casas fueron sandalias de cuero; pero nos miraremos a los ojos, llenos de lágrimas, y nos daremos un abrazo de colores, un abrazo de carnaval. 
Y lloraremos, porque a nosotras nos enseñaron que la debilidad no está en el llanto, y reiremos a la misma vez, como dios nos trajo al mundo,

con lágrimas en los ojos y desnudas.

Y cuando tengamos hijas, nosotras, mujeres libres a las que nos ayudaron a romper nuestras cadenas, quemaremos las habitaciones de nuestras hijas para que renazcan, y con sus soplos de aires nuevos, creen y crean todo aquello que quieran, y transformen las cenizas en lo que ellas son, 
en magia.