domingo, 20 de julio de 2014

Súpercalifragilisticuespialidoso...

Campanas que repican para avisar de la muerte, calor inhumano hasta el los días más fríos, la tele puesta sin nadie verla, un sofá para compartir, el calor del ordenador traspasando el cojín, la cortina entrando y saliendo al compás del aire en el balcón, reconocer las voces de los vecinos que hablan a gritos en la calle.

El pueblo. La normalidad. La realidad.

El miedo corre dentro de mí por un laberinto con una única salida hacia el abismo de sentimientos que tiré antes de comenzar a construir los cimientos de sus recovecos. Para no volver a encontrarlos nunca más. Pero son un imán. Cuya única manera de combatir es disfrazarme del mismo polo positivo. Pero ahí sigue el miedo, negativo.

Y atrae todos esos fantasmas que me persiguen, y yo ruedo como bola de pac-man, aterrorizada porque son muchos y conocen la salida. Y sólo quiero salir de una manera, volando.

Aprendiendo a usar las alas que se me han ido formando con las plumas de los nórdicos y los sofás que me han ido sanando de todas aquellas amarras que me ataban en la vida que aún me quedaba por comenzar a vivir. Necesito comenzar a batirlas y vivir de esos sueños.

Pero a veces me acorralan amenazantes todos los miedos contra una pared y cuando me apoyo en ella me doy cuenta de que era falsa. Que justo ahí estaba ese precipicio, esa salida, esa caída. Y entonces me temo a mí misma más aún porque recuerdo que para la mente el suicidio es siempre una opción.

Y ahí ando, con unas alas vírgenes a las que nadie le ha enseñado a volar intentando tirar los fantasmas que se agarran a mis pies, planeando para no caer hasta que no decida tirarme.

Porque lo bueno, es que al fin he aprendido la diferencia entre caerse y tirarse.


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