Huele a cama revuelta y a las mismas sábanas de ayer. A cama
doble vacía. A cama doble individual. A solo una chaqueta revuelta entre la
cama sin hacer. A cerveza, a mucha cerveza, se deja entre oler un aroma a yerba
por entre las rendijas de la caja de Budapest. Huele a la bandera italiana,
huele a las botellas de birra inglesa vacías y a la de sidra húngara medio
estropeada por las uñas de María. Huele a muebles a medio montar y a mentes
medio destruidas. A pintura de cuatro días en la lámpara de papel. A disco
rayado de Extremoduro en la pared. A mochila que carga tuppers taxi arriba taxi
debajo de camino al hospital. Huele a suavizante de ropa esparcido por toda la
casa a través del calor de los radiadores. Huele a cargador de ordenador y de móvil que rozan
la chamusquina. Huele al 479 de West Street. Y huele a Inglaterra. Pero no
huele a Londres. No huele a Leytonstone. No huele a tres camas individuales
hechas. No huele a tres camas inidividuales compartidas. No huele a cerveza de
7 grados y no huele a ropa por todas partes. No huele a risa, ni a iyo, no
huele flama. No huele a Triana ni a banderas del Sevilla. No huele a sudaderas
del recre repartirdas por la habitación. No huele a niñato rubio. Sólo huele a
un colchón vacío, revuelto, y aún sin estrenar.
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