miércoles, 15 de junio de 2016

Leytonstone

Huele a cama revuelta y a las mismas sábanas de ayer. A cama doble vacía. A cama doble individual. A solo una chaqueta revuelta entre la cama sin hacer. A cerveza, a mucha cerveza, se deja entre oler un aroma a yerba por entre las rendijas de la caja de Budapest. Huele a la bandera italiana, huele a las botellas de birra inglesa vacías y a la de sidra húngara medio estropeada por las uñas de María. Huele a muebles a medio montar y a mentes medio destruidas. A pintura de cuatro días en la lámpara de papel. A disco rayado de Extremoduro en la pared. A mochila que carga tuppers taxi arriba taxi debajo de camino al hospital. Huele a suavizante de ropa esparcido por toda la casa a través del calor de los radiadores. Huele  a cargador de ordenador y de móvil que rozan la chamusquina. Huele al 479 de West Street. Y huele a Inglaterra. Pero no huele a Londres. No huele a Leytonstone. No huele a tres camas individuales hechas. No huele a tres camas inidividuales compartidas. No huele a cerveza de 7 grados y no huele a ropa por todas partes. No huele a risa, ni a iyo, no huele flama. No huele a Triana ni a banderas del Sevilla. No huele a sudaderas del recre repartirdas por la habitación. No huele a niñato rubio. Sólo huele a un colchón vacío, revuelto, y aún sin estrenar.

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