Siempre quedan las cenizas, siempre.
El pueblo en cenizas, la habitación en cenizas, la cama en cenizas, las bragas en cenizas.
Todo saldrá algún día ardiendo. Todo arderá. Por la pasión, por el fuego, por el odio o por la venganza. Pero saldrá ardiendo. Las llamas nos irán quemando desde el pelo hasta las páginas de las libretas en las que cogíamos los apuntes de pequeños. Todo explotará. Las bombonas provocarán una honda expansiva y los corazones reventarán de sangre a todas partes.
Pero aún así, así y todo, siempre quedarán las cenizas.
Y las supervivientes, las que podemos vivir sin pelo y sin corazón, podremos ponernos los tacones y andar por encima de todas las cenizas que haya en el suelo y todas las que vuelen por el aire. Esas partículas que con un soplo podremos convertir en purpurina.
Y entonces, una vez todas las cenizas convertidas en purpurina, los tacones puestos y brillantes, y desnudas, sobre todo desnudas y llenas de polvos mágicos, empezaremos a bailar el carnaval.
El carnaval será la solución al fuego, a las cenizas. Saldremos de la cama corriendo cuando oigamos que sí, que todo renace.
Que el renacimiento consiste en ponerse una máscara y desnudarse y empezar a reconocernos por lo que somos interiormente.
Y entonces, el tiempo dejará de existir.
Y vendrán las madres a las hijas, nos quitarán los tacones, porque ya no habrá cenizas, se habrán transformado todas. Y nos pondrán unas zapatillas de deporte mientras nos dicen al oido:
"Hija, a la mierda los prejuicios. Corre, córrete."
Y entonces nos darán un beso en la frente, con lágrimas atrapadas en los ojos, pero sin soltarlas, porque a ellas les enseñaron que no pueden ser débiles delante de sus hijas, y nos darán un guantazo en el culo para que salgamos corriendo.
Y todas las mujeres, con las tetas al aire y el coño fresquito, y con unas zapatillas de deporte, llenas de purpurina, saldremos corriendo de un pueblo lleno de cenizas, dejando atrás todo lo que un día nos hizo pequeñas, nos hizo esclavas, nos dejaron encerradas llorando en la cama, y recorreremos el mundo corriendo, nos reiremos de todos vosotros y nos correremos las veces que haga falta por el camino.
Porque sí, nos han hecho libres al final.
Y así, descubriendo lugares, encontraremos a otras mujeres, que cuando quemaron sus hogares su soplo convirtió las cenizas en plumas, y sus pelos rizados están llenos de plumas, y sus zapatillas en sus casas fueron sandalias de cuero; pero nos miraremos a los ojos, llenos de lágrimas, y nos daremos un abrazo de colores, un abrazo de carnaval.
Y lloraremos, porque a nosotras nos enseñaron que la debilidad no está en el llanto, y reiremos a la misma vez, como dios nos trajo al mundo,
con lágrimas en los ojos y desnudas.
Y cuando tengamos hijas, nosotras, mujeres libres a las que nos ayudaron a romper nuestras cadenas, quemaremos las habitaciones de nuestras hijas para que renazcan, y con sus soplos de aires nuevos, creen y crean todo aquello que quieran, y transformen las cenizas en lo que ellas son,
en magia.
El pueblo en cenizas, la habitación en cenizas, la cama en cenizas, las bragas en cenizas.
Todo saldrá algún día ardiendo. Todo arderá. Por la pasión, por el fuego, por el odio o por la venganza. Pero saldrá ardiendo. Las llamas nos irán quemando desde el pelo hasta las páginas de las libretas en las que cogíamos los apuntes de pequeños. Todo explotará. Las bombonas provocarán una honda expansiva y los corazones reventarán de sangre a todas partes.
Pero aún así, así y todo, siempre quedarán las cenizas.
Y las supervivientes, las que podemos vivir sin pelo y sin corazón, podremos ponernos los tacones y andar por encima de todas las cenizas que haya en el suelo y todas las que vuelen por el aire. Esas partículas que con un soplo podremos convertir en purpurina.
Y entonces, una vez todas las cenizas convertidas en purpurina, los tacones puestos y brillantes, y desnudas, sobre todo desnudas y llenas de polvos mágicos, empezaremos a bailar el carnaval.
El carnaval será la solución al fuego, a las cenizas. Saldremos de la cama corriendo cuando oigamos que sí, que todo renace.
Que el renacimiento consiste en ponerse una máscara y desnudarse y empezar a reconocernos por lo que somos interiormente.
Y entonces, el tiempo dejará de existir.
Y vendrán las madres a las hijas, nos quitarán los tacones, porque ya no habrá cenizas, se habrán transformado todas. Y nos pondrán unas zapatillas de deporte mientras nos dicen al oido:
"Hija, a la mierda los prejuicios. Corre, córrete."
Y entonces nos darán un beso en la frente, con lágrimas atrapadas en los ojos, pero sin soltarlas, porque a ellas les enseñaron que no pueden ser débiles delante de sus hijas, y nos darán un guantazo en el culo para que salgamos corriendo.
Y todas las mujeres, con las tetas al aire y el coño fresquito, y con unas zapatillas de deporte, llenas de purpurina, saldremos corriendo de un pueblo lleno de cenizas, dejando atrás todo lo que un día nos hizo pequeñas, nos hizo esclavas, nos dejaron encerradas llorando en la cama, y recorreremos el mundo corriendo, nos reiremos de todos vosotros y nos correremos las veces que haga falta por el camino.
Porque sí, nos han hecho libres al final.
Y así, descubriendo lugares, encontraremos a otras mujeres, que cuando quemaron sus hogares su soplo convirtió las cenizas en plumas, y sus pelos rizados están llenos de plumas, y sus zapatillas en sus casas fueron sandalias de cuero; pero nos miraremos a los ojos, llenos de lágrimas, y nos daremos un abrazo de colores, un abrazo de carnaval.
Y lloraremos, porque a nosotras nos enseñaron que la debilidad no está en el llanto, y reiremos a la misma vez, como dios nos trajo al mundo,
con lágrimas en los ojos y desnudas.
Y cuando tengamos hijas, nosotras, mujeres libres a las que nos ayudaron a romper nuestras cadenas, quemaremos las habitaciones de nuestras hijas para que renazcan, y con sus soplos de aires nuevos, creen y crean todo aquello que quieran, y transformen las cenizas en lo que ellas son,
en magia.

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