Aún no acepto la realidad. Pienso que de un momento a otro despertaré y todo volverá a la normalidad. Que estará María roncando en la cama de al lado, Almu diciendo: "un piti y me acuesto", Giuseppe poniendo música de la suya, Rocío dando voces de ultrarumba, Antonio poniendo su carita de edredón en el sofá y Davide poniéndome (el último de Malviviendo). Son mi familia. Es duro perder a los seis de golpe. Se me hace un nudo en la garganta y me cuesta mantener las lágrimas en su sitio.
He vuelto a caer en esa red de sentimientos manipulables que te hacen ser peor persona y te bajan al lugar más oscuro y al mismo tiempo te hacen mantener una sensación de mareo por cerveza constantemente. Soñar despierta de nuevo, doler físicamente por la somatización. Pasar de ser la persona más feliz y con más esperanza del mundo a la más frustrada de todos. Vivir en un continuo limbo. La sensación más parecida que existe a estar colocada. No lo quería. No lo buscaba. Pero lo he encontrado y me encanta. Tengo estanterías repletas de libros y ninguno cuenta la historia más emocionante, la que más me hurga por dentro. Es esta la libreta encargada para eso.
Tiene magia. Mucha. Es una de las mejores personas que he conocido nunca. Me pierden sus ojos achinados, sus piercings infectados, sus manos mordidas, cada uno de sus lunares. Podría dedicar mi vida a contar los de su espalda, podría perderme en ellos mientras juego a unirlos. Podría acabar aprendiendo a liarle los cigarros y hacer como que no sé con tal de mirarlo mientras pasa la lengua por el papel. Podría ahogarme en cualquier bebida que me diera y asfixiarme con el humo de su porro, o asfixiarme con uno de sus abrazos o asfixiarme sólo por verlo, o asfixiarme porque no lo volveré a ver. Hasta su risa descoordinada es la que mejor suena en mis oídos cuando sé que es por mi.
Podría escribir la historia al revés para que tuviera más sentido. Pero lo bueno es que no lo tiene.
Sabía a él; y a cosquillitas previas; y a caricias; y a toqueteos mezclados con alcohol. Sabía a ir agarrados de la mano; sabía a gritos en italiano. Sabía a italiano. Sabía a amistad. Sabía a gloria, a victoria, sabía mil veces mejor que la Décima. Tenía más miedo que en mis tres exámenes de conducir juntos, más que en las dos Selectividades, más que antes de irme a Italia la primera vez. Temblaba más que el día que más frío hayas podido pasar nunca. Las piernas no me mantenían. Te juro que por un momento creo que olvidé que no soy virgen.
Fue raro, fue simple, fue amistad mezclada con sexo. Creo que fue un examen. Necesitaba sacar un diez. Creo que lo hice. En mi cabeza mi pequeña voz interior me recordaba que disfrutara de cada segundo, que me quedara con cada detalle. No fue el mejor polvo de mi vida, pero fue el más sincero. Estaba más desnuda por dentro que por fuera y me tapé con un montón de mentiras. Fue el mejor beso de mi vida. Es adictivo y tengo mono. No hubiera parado nunca. Me hubiera dado igual perder los labios, la lengua, la boca. Me hubiera hidratado de su saliva para siempre. Pero era mi familia y tenía que seguir así. Tenía que pararse. Odio el verbo tener, todo porque no lo tengo. Te prometo que iba a acabar, te prometo que íbamos a disimular y a olvidarlo. Te prometo que todo se iba a quedar en pasar un buen rato. Te prometo que me vestí para irme a mi habitación. Pero también te prometo que no quería cumplir ninguna promesa. Y no lo hice. No podíamos parar de hablar, habíamos ido a una confianza mucho más allá. Hablamos hasta tan tarde que tenía miedo de que la gente se despertara. También tenía miedo de dormirme y que acabara aquello, pero me dormí. Tampoco sé por qué me fui. Me acojoné. No controlaba mis sentimientos. Lo tenía ahí y tenía miedo de que se me desbordara la cascada.
Fueron dos meses geniales. Fue mejor, fue increíble. No es posible vivir así después de todo con cualquier persona, ya te digo, no puede ser mejor, es perfecto, es exacto. Tanto que me acojonaba. Necesitaba decírselo y dije más veces que iba a hacerlo que las veces que digo que me voy a duchar antes de entrar en el cuarto de baño. Ni los 20 segundo de valentía de cada persona que pisa Florencia unidos para darme fuerza conseguían desenvolverme de esos dos edredones que me atrapaban en la cama para no tener que soltar un simple "me gustas". Lo imaginaba a sus 200 km/h a los que vive su vida, saltándose cada semáforo que se interpone en su camino y me entraba apnea al pensar que cabía aunque sea un pequeño 1% de posibilidades en el que podría agarrarme a su cintura incluso sin casco para vivir hasta chocar con el punto más alto de felicidad y poder morir estando ya en el cielo.
Pero de nuevo me tuve que ahogar en la melalcoholía para ser valiente. Lo tuve que tener enfrente, desinhibido, a solas, acojonado también. Sólo había ruido, la gente era sólo gente, la música no la recuerdo, los celos me comían y la cascada rebosó mis cuerdas vocales. Fue el salto de trampolín más alto de mi vida, el primer salto de trampolín. Iba acompañada de tirabuzones y aunque la piscina estaba vacía, caí de pie. Me abrazó, me entendió, me hizo abrir los ojos. No podía pasar, yo lo sabía, pero no quería creerlo. Cuando lo perdí de vista llené la piscina con mis propias lágrimas. María llegó con su flotador y se quedó en la superficie conmigo. Y luego él se tiró con la piscina bien llena para mantenerme sin flotador y sin nada. Bailamos como en natación sincronizada toda la noche, volábamos por encima de los demás, rozaba mi cintura y necesitaba escapar para no hacerme más daño, pero me acercaba a sus labios y sin siquiera rozarlos me olvidaba hasta del rechazo.
Jugar por las calles de aquella ciudad con unos tacones que doblaban mi tamaño, pero ayudada por sus manos, mi pequeña María y los vascos que invitó a casa era ya un final que, al menos, no me hacía sentir del todo mal.
Seguimos jugando en casa todos. Fue una auténtica locura. Y al final, al igual que niños que han pasado toda la tarde corriendo, nos cansamos. Me senté y usó mi pecho como almohada. Nos reímos mucho porque obviamente iba a estar poco cómodo, pero no quería moverse. Nos tumbamos, acurrucados, encajando como piezas de un puzzle sin grietas. Mis niños nos dejaron todo perfecto, a solas.
Volver a besarlo fue magia. Un hechizo que recorrió todo mi cuerpo y producía felicidad. Lo necesitaba muy cerca y lo tenía allí. La luz del baño era perfecta. Entraba como él, exacta, en aquel sitio frío y de azulejos que fuimos capaces de hacer acogedor. Fue increíble. Y esta vez el diez se lo llevaba él. Verlo embelesado en mi cara de placer hacía que gozara aún más. Ya no estaba nerviosa, ya no tenía miedo. Agotados, tumbados sobre una toalla, acariciando su torso planísimo y hablando casi me quedé dormida. Se metió en aquella ducha sin mampara bajo mi mirada acosadora.
Era uno de los momentos más felices de mi vida y me reía como una verdadera majara. Las gotas con las que comenzó a salpicarme me atrapaban en vez de alejarme. Aquello era un tornado del que no podía escapar. El agua rizó mi pelo, sus manos erizaban mi cuerpo. Prefería ahogarme allí que en cualquier cerveza. Creo que de verdad fui "tan, tan feliz que ya no valía la pena vivir más". Si el agua se hubiera puesto a dar vueltas cual lavadora con centrifugado y todo hubiera seguido besándolo y dejándome llevar sin ningún tipo de deseo ni intención de intentar salvarme. Le prometí que todo iba a seguir igual. Le prometí que no iba a portarme diferente. Le prometí que no iba a volver a pasar y que controlaría mis sentimientos. Pero esta vez no me vestí al volver a mi habitación.
Una semana para que acabara el sueño. Para separarme de mi casa de locos. Voló, parecía que había pasado un día. para no variar plasmé más sentimientos donde todo me resulta más fácil. donde se hacen las cosas realidad a la par que imaginarias. El papel. Con nostalgia. Con melancolía. Con vino y cerveza dándole sabor a nuestras bocas plasmamos un hasta siempre en los cimientos de nuestro hogar.
Con un orgasmatrón de por medio, Davide se encajó entre mis piernas. Al final, como parece que nos gusta, acabamos acurrucados en el sofá. Se despertó. Me despertó. Cumplió mi deseo. Me cogió de la mano y fuimos a la cama. Nos tumbamos, nos abrazamos.
Ahora, recordándolo, es cuando mis manos echan de menso sus manos agarradas a mi, mis dedos echan de menos su piel, hasta cuando está vestida. Entre el sueño y la razón, mis yemas bailaban haciendo círculos por todo su cuerpo. Mirándonos me derretía. Nos miramos. Quería mi último beso. Se lo pedí. Me dio un beso infinito de "hasta luego". Y entre sus brazos, en una cama cualquiera, con la ropa puesta y el sol entrando por mis ventanales y haciéndome sudar, me dormí.
A partir de ahí todo ha consistido en un día tras día de echar de menos a mis niños. De vernos poco, mal y rápido. Quedamos el lunes con Ro, Almu y Antonio. En San Lorenzo. En el barrio. Y estaban todos. No podría numerarlos. Se me olvidarían y me sentiría mal. Él llegó cuando salió del trabajo. Nos vimos. Lo abracé.
La tinta deja de correr y se me paraliza la mano y la mente. Los finales nunca han sido lo mío. No me gusta que las cosas acaben. Pero es más fácil dejar que el puto destino haga jugarretas de las suyas.
Duele muchísimo. Duele ver cómo sabes que está acabando y no poder hacer nada por impedirlo. Yo, que siempre fui de poder hacer todo lo que quise. Duele que te esté hablando, diciéndote algo que tres meses atrás hubiera hecho feliz y que solo escuchar su voz y su acento me hiciera daño. Saber que esa voz voy a tardar en oírla más. No poder dejar de mirar sus labios, su sonrisa, sus dientes imperfectos, sus ojos hinchados, la señal del piercing de su ceja, su nuevo corte de pelo, su cara quemada, su cuello, dios, su cuello, podría escribir páginas enteras sobre eso.
No podía dejarlo ir. Me aferré a él y él dejó que lo hiciera. Me negaba, no podía. Almu lloraba en los escalones de debajo mientras nos miraba. Le dije que no se fuera. Me dijo que perdiera el avión. Me reí. Le besé, rápido, sin nada, sin contacto casi. Me abrazó, me prometió que volveríamos a encontrarnos, me dio un beso en la frente, me soltó y se marchó...
No hay comentarios:
Publicar un comentario