sábado, 4 de noviembre de 2017

Calcetines

Todavía sigo perdiendo los calcetines en la cama mientras duermo. 
Lo hago desde niña. Supongo que hay cosas que no cambian. Y luego no soy capaz de encontrarlos nunca más. Se pierden en un agujero negro que hay al fondo junto con otros calcetines que estaban ya hartos de sus parejas y de su trabajo y de los agujeros que les habían salido de no parar de hacer lo que siempre le habían mandado.

Siempre me pasa lo mismo. Pierdo las parejas de los calcetines. 
Le pasa lo mismo a la gente. Las parejas perfectas desaparecen, primero las rompemos, las hacemos trabajar y sufrir hasta que ya no pueden más, y con un agujero en ellas, una noche, mientras duermes, miran hacia ambos lados, se deshacen del abrazo de tu pie y se tiran de la cama hacia abajo con la mirada firme sabiendo que nunca volverán atrás.

Cuando los calcetines atraviesan ese agujero negro, que es en realidad triangular, la locura y el equilibrio se instalan en ellos y saltan a una piscina de calcetines de colores, de todos los tamaños y formas. Todos están allí, todos han llegado antes o después sin que nadie los detuviera. Se han escapado de su destino y se han puesto a hacer pogos cuando escuchan la música rock en tu habitación y saben que no los encuentras. Saben que no tienes ni puta idea de dónde están, así que ellos, ellas, bailan al compás, todos libres y sin pareja, frotándose los unos con los otros, sin ningún tipo de piel que les cubra. 

Qué orgullosa me siento de todos ellos. 
Porque ahí siguen los hijos puta, las hijas puta, perdidos, perdidas, desde hace 25 años. Arrastrando a más calcetines con ellos y haciéndoles ver que si ellos no quieren no tienen por qué hacer el trabajo al que siempre le han obligado. Que, además, los compramos por cuatro duros, y nos han servido mucho más que eso.

Luego hay otros calcetines, estos pobres no tienen remedio. 
Son las parejas más dañadas, las que tienen los agujeros más grandes. Ellos bajan a casa de mi abuela para que los cosa y los arregle con una puntada. 
Te prometo que sí. Es cierto. 
Algunas parejas se pinchan, se cosen, se intentan arreglar con tal de seguir sirviendo al otro calcetín, porque es el consejo que dan los calcetines más mayores, y las abuelas. Como si volvieran a estar como siempre, como si no se hicieran daño cada vez que rozan con el dedo. Bajan, se clavan puntada tras puntada y, luego, con esa cicatriz vuelven a trabajar para lo que se suponen que están hechos. Lo que pasa, que mientras que estás en la cama con ellos, los calcetines desparejados, suben del triángulo, de noche, cuando todo el mundo duerme, y tiran del hilo que les cose el agujero, y los vuelven a descoser, para que se den cuenta de que, en realidad, no tiene por qué pasar por ese roce y dolor continuo que le iba a acompañar toda su vida.

Y al final, los que quedan, se emparejan con otros, de otros colores, otras formas y otros tamaños. Total, tampoco pasa nada porque sean libres de elegir que con quien compartan sus pasos, tengan que ser igual que ellos.

Y así, desde niñas.


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