21 de agosto. 2014
Yo, ayer, totalmente envuelta en ese aire de
familia feliz que se respiraba, oyendo la risa de los niños.
Yo, escuchando la
voz dulce de Ana. Le brillaban los ojos hablando de sus hijos. Se le llenaba la
boca de halagos para el mejor papá del mundo. Lloraba y decía que no habíamos
cambiado. Acaba de enseñarle a la pequeña qué son los deseos. En la tarta que
llevamos pusimos una vela. La niña sopló y deseó que jugáramos toda la tarde
con ella.
Yo, emocionada a
la par que todas nosotras .
Yo, embobada con
los ojos azules del bebé y sumergida en sus sonrisas constantes. Jugando al
escondite, a los cuentos, a pintar y cautivada por la imaginación de la
pequeña, que no se a quien se parece porque no es tan obvio como el hermano y
no se me da bien encontrar parecidos físicos. Pero tiene la dulzura, la
sensibilidad y la mirada atenta de su madre.
Yo, ensimismada
con cada detalle de emoción y perfección que desprenden los muros de su casa.
Yo, ayer, casi
vuelvo a creer en el amor verdadero.
Sí, en el amor cursi ese de los cuentos con
final feliz que todos hemos deseado y despreciado alguna vez.
No hablo de esto
como alguien frustrado o triste o desesperado que alguna vez encontró el amor y
éste le jugó una mala pasada y ahora por despecho no cree en él. Tampoco hablo
como alguien que cómo nunca lo ha sentido, no cree que exista.
No, en mi caso es
diferente. Más bien me siento como cuando descubres una enseñanza vital, o
desmientes una propia creencia, o te das cuenta que hay otra filosofía de vida
que te convence más, o descubres que no estás de acuerdo con algo que tus padres te han dicho toda la vida
o te haces consciente de una manipulación social.
Después
de sentir el amor y el desamor en carne propia.
Después de ser capaz de irme a Japón y dejarlo
todo por una persona si esta me lo pidiera. Cometer la mayor locura. Nadar
contra todas las corrientes. Mirarlo y sentir que estoy con la persona más
especial y que más me complementa del mundo. Pensar que nada puede igualar ese
sentimiento. Creer que será eterno. Hacer un all in sin pensar un segundo en lo
que podría perder.
Y...
Después de
sentir cómo ese sentimiento se apaga poco a poco. Notar como mis ojos dejan de
verlo como la persona más importante e increíble de mundo para simplemente
mirarlo como a alguien más. Alguien que quiero pero ya no amo. Sentir como deseo
recorrer el mundo y el centro de éste ya no es su ombligo. Notar el cambio en
mi mente y morirme de miedo. Decirme la verdad, ya no es amor.
Después de todo
esto, creo tenerlo claro.
El amor existe y termina.
Habrá quién cuando termine
sepa convertirlo en una relación preciosa llena de complicidad y aunque no sea
amor, se crea que sí y sea feliz con eso.
Pero, para mí, el
amor eterno dura el tiempo en el nada te podría quitar de la cabeza la idea de
que te faltan vidas para vivir con quien amas.. Y esta idea cambia. Y este
tiempo no es eterno. El amor eterno es ese que te deja una cicatriz curada pero
que no se quita. El amor eterno dura un ratito o un rato largo.
Ayer, yo, casi
creo en el amor verdadero.
Y, ¡Menos
mal! porque existe pero ¿Quién dijo que sólo había uno?
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